· Guía Espiritual · Libro III · Capítulo XV ·


                                                · Capítulo XV·

De dos medios por donde sube el alma a la contemplación infusa, y se explica cuáles y cuántos sean sus grados


132. Dos son los medios por los cuales sube el alma a la felicidad de la contemplación y afectivo amor: el gusto y los deseos. Suele Dios al principio llenar al alma de sensibles gustos, porque es tan frágil y miserable que sin este prevenido consuelo no puede volar a la fruición de las cosas del cielo. En este primer grado se dispone con la contrición y se ejercita con la penitencia, meditando la pasión del Redentor, desarraigando con grande ahínco los mundanos deseos y viciosas costumbres; porque el Reino de los cielos padece violencia, y no le conquistan los pusilánimes y delicados, sino los que se violentan.
133. El segundo son los deseos. Cuanto más se gustan las cosas del cielo, tanto más se apetecen, y así a los gustos espirituales se siguen los deseos de gozar los bienes celestiales y divinos y despreciar los terrenos. De estos deseos nace la inclinación de imitar a Cristo Señor nuestro, que dijo: Yo soy el camino (Juan, cap. 14). Los pasos de su imitación por donde se ha de subir son la caridad, la humildad, la mansedumbre, la paciencia, la pobreza, el desprecio propio, la cruz, la oración y la mortificación.
134. Los grados de la infusa contemplación son tres. El primero es la hartura. Cuando el alma se llena de Dios concibe odio a todo lo mundano; entonces se quieta y sólo con el divino amor se sacia. El segundo es la embriaguez. Es este grado un mental exceso y elevación del alma nacida del divino amor y de su hartura.
135. El tercero es la seguridad, cuyo grado destierra todo temor. Está el alma tan embebida en el amor divino y queda tan resignada en el divino beneplácito que, si supiese era voluntad del Altísimo, se iría de muy buena gana al infierno. Experimenta en este grado un cierto vínculo de la divina unión, que le parece imposible separarse de su amado y de su infinito tesoro.
136. Otros seis grados hay de contemplación, que son: fuego, unción, elevación, iluminación, gusto y descanso. Con el primero se enciende el alma, encendida se unge, ungida es elevada, elevada contempla, y gustando descansa y reposa. Por estos grados sube el alma abstraída y experimentada en la vía espiritual e interior.
137. En el primer grado, que es el fuego, se ilustra el alma mediante el divino y ardiente rayo, encendiendo los divinos afectos y secando los humanos. El segundo grado es la unción, la cual es un suave y espiritual licor que, difundiéndose por todo el alma, la enseña, corrobora y dispone para recibir y contemplar la divina verdad. y tal vez se extiende hasta la misma naturaleza, corroborándola para la tolerancia, con un gusto sensible que parece celestial.
138. El tercero es una elevación del hombre interior sobre sí mismo, para llegar más apto a la fuente clara del puro amor.
139. El cuarto, que es la iluminación, es un infuso conocimiento emanado de la divina verdad, suavidad y dulzura, a quien el alma contempla, subiendo de claridad en claridad y de luz en luz, conducida del divino espíritu.
140. El quinto es un sabroso gusto de la divina dulzura, emanado de la abundante y preciosa fuente del Santo Espíritu.
141. El sexto es una suave y admirable tranquilidad, nacida del vencimiento de la interior guerra y frecuente oración, de muy pocos, y aun de raros, experimentada. Aquí es tanta la abundancia del júbilo y de la paz, que le parece al alma que como en suave sueño está solazándose y descansando en el divino y amoroso pecho.
142. Otros muchos grados hay de contemplación, como son éxtasis, raptos, liquefacción, deliquio, júbilo, ósculo, abrazo, exultación, unión, transformación, desposorio y matrimonio, los cuales dejo de explicar por huir la especulación y porque hay libros enteros que tratan de estos puntos, aunque todos son para quien no los experimenta como el color al ciego y al sordo la armonía. Finalmente por estos escalones se asciende al reclinatorio y descanso del rey pacífico y verdadero Salomón.

                                                                                   Guía Espiritual
 de Miguel de Molinos, Libro III, Capítulo XV