· Guía Espiritual · Libro II · Capítulo XVIII ·


                                          · Capítulo XVIII ·

                                                            Prosigue lo mismo


129. Debes, pues, siempre que cayeres en algún defecto, sin perder tiempo ni hacer discursos sobre la caída, arrojar el vano temor y cobardía, sin inquietarte ni alterarte, sino conociendo tu defecto con humildad, mirando tu miseria, vuélvete con amorosa confianza al Señor, poniéndote en su presencia y pidiéndole perdón con el corazón y sin ruido de palabras, quédate con sosiego en haciendo esto, sin discurrir si te ha o no perdonado, volviendo a tus ejercicios y recogimiento como si no hubieras caído.
130. ¿No sería necio el que habiendo salido con otros a correr la joya, por haber caído en lo mejor de la carrera se estuviese en tierra llorando y afligiendo, discurriendo sobre la caída? Hombre, te dirían, no pierdas tiempo, levántate y vuelve a correr, que el que con brevedad se levanta y continúa su carrera es como si no cayera.
131. Si deseas alcanzar el alto grado de la perfección y de la interior paz, has de jugar la espada de la confianza en la divina bondad de noche y de día y siempre que cayeres. Esta humilde y amorosa conversación y total confianza en la divina misericordia has de usar en todas las faltas, imperfecciones y defectos que con advertencia o sin ella cometieres.
132. Y aunque caigas muchas veces y te veas pusilánime, procura animarte y no afligirte, porque lo que Dios no hace en cuarenta años lo hace tal vez en un instante con particular misterio, para que vivamos bajos y humillados y para que conozcamos es obra de su poderosa mano el librarnos de los defectos.
133. Quiere Dios también, con su inefable sabiduría, que no sólo de las virtudes, pero también de los vicios y pasiones con que el demonio procura y pretende derribarnos hasta los abismos, hagamos escala para subir al Cielo: Ascendamus etiam per vitia et passiones nostras, dice San Agustín (Serm. 3, Ascens.). Para que no hagamos de la medicina ponzoña y de las virtudes vicios, desvaneciéndonos con ellas, quiere Dios hacer de los vicios virtudes, sanándonos con aquello mismo que nos había de dañar. Así lo dice San Gregorio: Quia ergo nos de medicamento vulnus facimus, facit ille de vulnere medicamentum ut qui virtute percutimur, vitio curemur (Lib. 37, cap. 17).
134. Por medio de las pequeñas caídas nos da el Señor a entender que su Majestad es el que nos libra de las grandes, con lo cual nos trae humillados y desvelados, que es de lo que más necesidad tiene nuestra altiva naturaleza. y así, aunque debes andar con mucho cuidado en no caer en ningún defecto ni imperfección, si te vieres caído una y mil veces, debes usar el remedio que te he dado, que es la amorosa confianza en la divina misericordia. Esta es el arma con que has de pelear y vencer la cobardía y los vanos pensamientos. Este es el medio que has de usar para no perder el tiempo, para no inquietarte y para hacer progreso. Este es el tesoro con que has de enriquecer tu alma y por aquí finalmente has de llegar al alto monte de la perfección, de la tranquilidad y de la interior paz.

                                                                               Guía Espiritual de Miguel de Molinos, Libro II, Capítulo XVIII*

*Nota: Fin del Libro II